El colapso del viajero moderno
Me considero un viajero milimétricamente organizado. Antes de aterrizar en Venecia, ya tenía marcados con estrellas de colores todos los restaurantes, museos y puentes que debía visitar. Confiaba ciegamente en que mi teléfono me llevaría de la estación de tren de Santa Lucía a mi pequeño hotel en el barrio de Dorsoduro en exactamente 18 minutos, tal como lo prometía la pantalla.
Pero Venecia tiene un sentido del humor muy particular cuando se trata de la tecnología. Apenas me adentré en el primer callejón, el punto azul de mi GPS comenzó a rebotar erráticamente sobre el mapa virtual. De pronto, la aplicación me indicaba que estaba flotando en medio del Gran Canal, luego que caminaba sobre el techo de una iglesia y, finalmente, me ordenó girar a la derecha directamente hacia un muro de ladrillos ciegos. Estaba oficialmente perdido, arrastrando una maleta sobre adoquines irregulares y con la batería del celular drenándose buscando señal.

"Venecia es como comerse una caja entera de bombones de licor de una sola vez. Perderse en sus callejones es el único mapa válido para descubrirla."Truman Capote, escritor y periodista estadounidense.
La magia de soltar el control
Tras media hora de frustración intentando forzar a la aplicación a funcionar, tomé la mejor decisión de todo el viaje: guardé el teléfono en la mochila. En el momento en que dejé de mirar una pantalla y empecé a mirar hacia arriba, la verdadera ciudad se reveló ante mí. Seguí el olor a ajo y mantequilla que salía de las ventanas, me guié por el sonido del agua golpeando contra la madera de las góndolas y crucé puentes sin saber a qué isla me llevaban.
Ese "error" me llevó a descubrir un pequeño bacaro (taberna veneciana) escondido de las multitudes, donde un anciano me sirvió una copa de vino de la casa y un cicchetti de bacalao por menos de tres euros. No había turistas con palos de selfie, solo vecinos hablando en dialecto véneto mientras caía la tarde. Finalmente llegué a mi hotel dos horas tarde, sí, pero descubrí que en una era donde todo está hipercalculado, permitirte el lujo de perderte es la experiencia más auténtica que puedes vivir.



